La polémica acerca de la medicación para suprimir el ácido gástrico a largo plazo

La eficacia del uso a largo plazo de medicamentos para suprimir el ácido gástrico (y especialmente los IBP) está sujeta a debate por parte de algunas voces que afirman que producen osteoporosis, hipermagnesemia e incluso cáncer. Aunque estas afirmaciones no carecen por completo de base, las evidencias sobre las que se
sustentan sí se han visto cuestionadas (véase “Hipoclorhidria”).

Se ha establecido una relación entre los IBPs y el infarto de miocardio [a-ix]. El hecho de que los pacientes con afecciones cardiacas representen un mayor porcentaje entre los consumidores de IBPs no resulta sorprendente, dado que los síntomas del infarto y de la indigestión pueden ser muy similares. Las “pruebas” muestran una correlación, pero no una causa.

Una investigación más reciente [a-x] estudió a 54.422 pacientes con ERGE en Taiwán y los comparó con una muestra 269.572 personas seleccionados aleatoriamente y ajustados por edad, sexo y comorbilidad. En el análisis se halló entre otras cosas, que “los pacientes a los que se prescribieron IBPs durante más de un
año presentaban un riesgo ligeramente más bajo de desarrollar infarto agudo de miocardio”. Por su parte, un estudio titulado “Revisión sistemática y meta-análisis: el riesgo de eventos cardiovasculares adversos con inhibidores de la bomba de protones con independencia de clopidogrel” [p-iv] afirmaba en sus conclusiones que “no existen pruebas firmes sobre la relación, entre los IBP en monoterapia y un mayor riesgo cardiovascular”.

De manera similar, los IBPs se han asociado con la enfermedad renal crónica [a-xi]. De nuevo, se ha demostrado que existe una correlación: los pacientes con problemas renales tienen más probabilidades de consumir IBPs.

Los autores del estudio titulado “Uso de inhibidores de la bomba de protones y riesgo de enfermedad renal crónica” [p-v] señalaron: “No creo que la cuestión renal sea relevante una vez que se ajusta para los múltiples riesgos analizados”.

Un estudio más reciente, titulado “Inhibidores de la bomba de protones y riesgo de carcinoma hepatocelular en los pacientes” [p-vi] concluyó con la siguiente afirmación: “Los resultados, basados en un estudio de cohorte y de base poblacional, nacional y retrospectivo en Taiwán, donde la prescripción de IBPs está
firmemente regulada, muestran que el uso de IBPs no se encuentra relacionado con el riesgo de desarrollar carcinoma hepatocelular por parte de los pacientes”.

En otro estudio que se centraba en la medicación empleada por pacientes de más de 75 años con demencia se observó que la proporción de usuarios de IBPs era mayor que entre la población general. [a-xii] Se trata de otro caso de correlación en lugar de causalidad, y algunos médicos se pronunciaron en ese sentido al
hablar de cómo se habían malinterpretado los datos. [a-xiii.]

Esta situación motivó nuevos estudios que contradecían la premisa original, incluido uno titulado “Uso de inhibidores de la bomba de protones y riesgo de desarrollo de la enfermedad de Alzheimer o demencia vascular: Análisis de casos y controles” [p-vii], que afirmaba: “En este análisis de casos y controles con
una muestra de gran tamaño no encontramos ninguna prueba de un mayor riesgo de EA o DV relacionada con el uso de IBPs o antagonistas H2”.

Asimismo, un artículo publicado en la revista Gastroenterology en junio de 2017 [a-xiv] también señalaba
que no había encontrado “ninguna asociación entre el uso de inhibidores de la bomba de protones y riesgo de deterioro cognitivo leve, demencia o enfermedad de Alzheimer”.

Un artículo publicado en 2013 parecía mostrar que los IBPs podían causar cáncer de esófago [a-xv], pero también este texto recibió críticas de manera casi instantánea. [a-xvi.]

A los medios de comunicación les encantan estas historias de terror, y no permiten que los hechos les estropeen una buena historia, así que los exageran para extender el pánico entre algunos usuarios de IBPs que a menudo recurren, para tratar su enfermedad, al uso de remedios “naturales” cuya eficacia no está demostrada y que a menudo resultan más dañinos que beneficiosos.


¿Por qué no es seguro confiar en la prensa sensacionalista?


Vamos a hacer un experimento hipotético. Hemos seleccionado a 20.000 personas para un ensayo clínico
que analiza la mortalidad de una enfermedad con y sin el uso de IBPs.

Los dividimos en dos cohortes iguales con 10.000 personas en cada una. Una cohorte recibe IBPs y la otra no.

En la cohorte que no recibe IBPs mueren 3 personas (el riesgo absoluto, por tanto, es del 0,03%). En la cohorte que sí recibe medicación mueren 4 personas (el riesgo absoluto es del 0,04%).

Nuestra conclusión, basada en la observación del experimento, es que los pacientes que reciben IBPs pueden presentar un riesgo de morir un 33% mayor que los que no los reciben.

Los periodistas de la prensa sensacionalista ven estos datos y lo que interpretan es que un 33% de los pacientes con esa enfermedad mueren por el uso de IBPs y los titulares rezan: “Los antiácidos comunes matan a una de cada tres personas”.

El gráfico siguiente muestra el sinsentido de esta afirmación. Existen 20.000 casillas divididas en dos grupos.

La de la izquierda muestra tres puntos y la de la derecha cuatro: son los pacientes de nuestro estudio hipotético.

Siempre hay que fijarse en las investigaciones, y no en las interpretaciones engañosas que se hacen de ellas.
Es necesario que estos medicamentos, que se prescriben con tanta frecuencia, estén sujetos a un escrutinio científico riguroso. En la sección de referencias a los IBPs pueden encontrarse enlaces a muchos otros artículos de investigación sobre sus riesgos.

Un artículo titulado “Efectos adversos de los inhibidores de la bomba de protones: ¿mito o realidad?” publicado en Current Opinions in Gastroenterology en 2018 lo resumía así: “La mayoría de los graves efectos adversos asociados a los inhibidores de la bomba de protones que tanto se han publicitado recientemente no se basan en ninguna prueba demostrable”. [p viii]